-Perfecto, entonces, nos vemos mañana a las diez.-Listo, trata de ser puntual.
-¡Yo soy siempre puntual! – dijo, balanceándose burlonamente. La puntualidad jamás se había presentado en su listado personal de virtudes.
Ésas fueron las últimas palabras intercambiadas con Isabel, su compañera de la facultad. Le gustaba Isabel pero no lo suficiente como para darle peso, es decir, le gustaba pero no le interesaba. Pero en ese momento, aún en las escaleras del edificio de su compañera, lo que más deseaba era volver a verla.
¿Cuánto tiempo había pasado? Nunca llevaba reloj, era de los que piensan que una vez que te compras uno y comienzas a usarlo, terminas por ser su esclavo para toda la vida. Esclavo de esa horrenda metáfora que es el tiempo. Otro nombre inventado por el hombre para aquellas cosas abstractas que no llega a comprender pero quién sabe porqué demonios les pone un nombre, aunque del ‘tiempo’ no entienda una avellana.
El tiempo, claro… Ya le empezaba a bajar el sueño lo que significaba que eran alrededor de las doce de la noche y que ya habían pasado más o menos cinco horas, desde que había saludado a Isabel. Pero no era una conclusión cien por ciento cierta, después de pasar tanto tiempo angustiado, corriendo por las escaleras, hacia abajo, hacia arriba, golpeando las puertas de los otros departamentos del edificio, podría sentirse cansado por el estrés…
Seguía bajando. Hacía horas que seguía bajando.
Y seguía bajando, y viendo las mismas puertas, anónimas, tapas de frascos vacíos. Hacía horas que habían cesado sus intentos de llamar a esas puertas. Mil o más veces lo había hecho, desde que había entendido. Pero nadie respondía. La luz del edificio era exigua, constante, eterna, disgustosamente menguante. No tenía frío, ni calor. Sólo hambre y se arrepintió de no haber aceptado la invitación de Isabel.
Seguía bajando. Algún día se detendría esa sucesión de escalones.
Las horas pasaban, ¿qué estaba esperando?
-¡Isabeeeel!¡Isabeeeeeeeeeel! – la llamó muchas veces cuando había llegado al extremo del cansancio mental. No sucedía nada, ni Isabel ni nadie se hacía ver. Todos habían desaparecido. Y le habían dejado solo escalones.
¿Cuántos días puede uno estar sumergido en la más profunda manifestación de la perplejidad, de la incongruencia? Se lo preguntaba en sus pensamientos, ya ni cantar a toda voz funcionaba para no sentirse solo. No funcionaba. De nada servía hablar o gritar o cantar o toser. Todo se había desvanecido, y le quedaba sólo ese túnel de puertas y cemento.
¿Funcionaría un reloj? ¿Si lo tuviera? Era mejor no tenerlo. Se habría vuelto loco.
Ya no lo soportaba, la había visto poco después de que se diera cuenta del laberinto en el que había caído, después de haber saludado a Isabel. Pero no era una opción en ese entonces. Intuía que tarde o temprano si seguía bajando, o si Dios se acordaba de que existía ese pedazo de mundo con el espacio-tiempo atascado, llegaría a la puerta del edificio y huiría. Llamaría a Isabel, le diría que lo de ellos no podría funcionar. Y jamás volvería a verla. Pero especulaba y las horas pasaron y siguió bajando sin bajar. Entonces se sentó y pensó que debía hacerlo.
Abrió la ventana del séptimo piso, pequeña y poco accesible, pero gracias a su altura logró sin grandes problemas llegar a ella. Afuera todo era normal. Los autos se movían sin mucha gracia, las personas caminaban. Echó un vistazo a las escaleras, y a la luz cansada que las iluminaba. No volvería a intentarlo.
Se lanzó por la ventana. Y cayó. Y siguió cayendo. Y siguió precipitándose en el aire, con los ojos cerrados. Y ahora llora. Porque sigue cayendo, y cae y cae. Y sigo cayendo.
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