Cuando se emociona la merienda
y las prohibiciones se reparten luces por doquier,
es entonces cuando giramos el carburo
y exclamamos con creciente emancipación:
''Es hora: hay que pasear la naranja peluda''.
Pero no resulta tan amarillo
individuar la corriente nitidez con vagas reverencias
como terminar con los pasos desparramados y descocidos,
¡a la miércoles las plantaciones de ventanas!
Al final poco importa dónde florezcamos las bandadas,
de todos modos estamos confeccionados a la burguesa,
y ay de quien me contradiga,
al primero que levante los pasillos
le remuevo los leucocitos.
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